La transpiración no huele!

La transpiración no huele!

¿De dónde viene el mal olor?

Durante años hemos asociado una axila seca con limpieza.

Transpiraste = hueles mal.
Transpiraste = tu desodorante no funcionó.

Pero hay algo importante que entender:

transpirar y oler mal no son lo mismo.

La transpiración recién producida es prácticamente inodora. El característico olor de las axilas aparece después, cuando ciertas bacterias que viven naturalmente sobre nuestra piel transforman componentes presentes en las secreciones de la axila en moléculas que sí tienen olor.

Entonces, si la transpiración no es realmente lo que huele, quizás hemos estado intentando solucionar el problema equivocado.

¿Por qué transpiramos?

Transpirar no es un error de nuestro cuerpo. Es parte de su funcionamiento normal.

Una de las funciones más importantes de la transpiración es ayudarnos a regular nuestra temperatura corporal.

Cuando nuestra temperatura aumenta —porque hace calor, estamos haciendo ejercicio o nuestro cuerpo necesita enfriarse— producimos transpiración. Al evaporarse sobre la superficie de la piel, ayuda a liberar calor y mantener nuestra temperatura dentro de rangos adecuados.

Pero no es lo único que ocurre.

A través de la transpiración también eliminamos pequeñas cantidades de algunas sustancias de desecho presentes en nuestro organismo. Es una vía secundaria de excreción, aunque no es el principal mecanismo que tiene nuestro cuerpo para realizar esta función.

En otras palabras:

transpirar es parte de nuestra fisiología normal.

Entonces, si lo que queremos evitar es el mal olor, ¿realmente necesitamos detener la transpiración?

Si la transpiración no huele, ¿de dónde aparece el olor?

Aquí entran en escena las bacterias de nuestra piel.

Y ojo: tener bacterias en las axilas es completamente normal.

Nuestra piel está habitada naturalmente por una enorme comunidad de microorganismos. La axila, por sus características de humedad, temperatura y secreciones, crea un ambiente particular para ellos.

Cuando transpiramos, algunos componentes de nuestras secreciones llegan a la superficie de la piel.

Y ahí ocurre la transformación.

Determinadas bacterias presentes naturalmente en la axila metabolizan esos compuestos inicialmente inodoros y los transforman en moléculas volátiles que sí podemos oler.

Es decir:

la transpiración no llega a la superficie de tu piel oliendo mal.

El olor se genera principalmente por la interacción entre nuestras secreciones y determinadas bacterias de la microbiota de la axila. Los estudios sobre microbiota axilar han encontrado una relación clara entre ciertos grupos bacterianos y la formación del olor corporal.

Por eso:

TRANSPIRACIÓN ≠ MAL OLOR

Y esta diferencia es mucho más importante de lo que parece.

Transpirar no significa estar sucio

Piénsalo después de hacer ejercicio.

Puedes terminar con la polera mojada y, aun así, no necesariamente tener un fuerte olor corporal.

Porque la cantidad de transpiración y la cantidad de olor no son exactamente lo mismo.

La formación del olor también depende de nuestra microbiota, de las características de nuestras secreciones y de cómo las bacterias presentes en la axila interactúan con ellas. Incluso existen diferencias importantes de una persona a otra.

Por eso algunas personas pueden transpirar muchísimo y tener relativamente poco olor, mientras que otras pueden notar olor sin sentir que han transpirado demasiado.

El problema no es simplemente:

“transpiré”.

Lo que ocurre después es lo que importa.

¿Por qué entonces intentamos evitar la transpiración?

Porque durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que un producto efectivo debía mantener la axila completamente seca.

Y ahí aparece una diferencia importante entre dos productos que solemos llamar de la misma manera:

un antitranspirante y un desodorante no hacen la misma función.

El antitranspirante está diseñado para reducir la cantidad de transpiración que llega a la superficie de la piel.

El desodorante, en cambio, busca principalmente controlar el mal olor.

Son dos estrategias diferentes frente a un mismo problema cotidiano.

Una busca disminuir la transpiración.

La otra busca actuar sobre el proceso que termina generando el olor.

Tal vez no necesitamos luchar contra la transpiración

Si lo que queremos resolver es el mal olor, no necesariamente necesitamos que nuestro primer objetivo sea impedir que el cuerpo transpire.

Podemos mirar el problema desde otro lugar:

permitir que nuestro cuerpo transpire y trabajar sobre aquello que hace que esas secreciones terminen convirtiéndose en olor.

Porque una axila húmeda no significa necesariamente una axila con mal olor.

Y que un producto te permita transpirar tampoco significa que no esté funcionando.

Quizás simplemente está haciendo una función diferente.

Cambiemos la pregunta

En vez de preguntarnos:

¿Cómo hago para no transpirar?

Podríamos empezar preguntándonos:

¿Cómo hago para que la transpiración no termine convirtiéndose en mal olor?

Porque la transpiración cumple una función.

Ayuda a nuestro cuerpo a regular su temperatura y también participa, en menor medida, en la eliminación de algunas sustancias de desecho.

El mal olor es otra cosa.

Aparece principalmente cuando determinadas bacterias que viven naturalmente sobre nuestra piel transforman componentes de nuestras secreciones en moléculas que tienen olor.

Así que la próxima vez que veas una axila transpirada, recuerda:

transpirar no significa oler mal.

Quizás no se trata de luchar contra una función normal de nuestro cuerpo.

Se trata de entenderla.

Y trabajar sobre lo que realmente queremos evitar:

el mal olor.